Artículos de Prensa
LAS WINDWARD ISLANDS - DE MARTINQUE A GRENADA
El Gran Azul continúa su singladura: desde nuestra partida de Florida hace seis meses hemos recorrido 1500 millas y lentamente nos hemos ido adentrando en el mar Caribe tratando de comprender y conocer a fondo sus variadas culturas y sus dispares islas. Tras una estancia de tres semanas en Martinique , recorriendo la costa oeste desde St. Pierre - al pie del volcán Mont Pelée , que causó estragos en su última erupción de 1902 y destruyó la ciudad llevándose consigo a toda la población – pasando por la enorme bahía de Fort de France, capital bulliciosa de este deppartement d'outre mer que pertenece a Francia, hasta St. Anne y las playas de Les Salines, increíbles y paradisíacas playas de arena blanca y altas palmeras
El Gran Azul está fondeado en Le Marin al sur de la isla. Es uno de los principales puertos de llegada de los veleros que cruzan el Atlántico, y se puede fácilmente fondear en la enorme bahía frente a la marina. Antes de partir hacia las Grenadines, es un perfecto lugar donde preparar el barco, comprar piezas de recambio, solicitar los servicios de un mecánico o electricista, y para comprar provisiones – el paté y los quesos son excelentes, será la última oportunidad de disfrutar de una buena barra de pan francés. En la marina hay mucho ambiente, a pesar de que está empezando la temporada baja. Por la noche se puede escuchar reggae en el bar “Calabacee” y arreglar los problemas del mundo con un ron entre manos.
Tras hacer la salida del país en Le Marin (los franceses tienen la forma más sencilla de hacer la salida y entrada que hemos visto hasta ahora, se trata solamente de rellenar un documento en un ordenador e imprimirse uno mismo la copia), cruzamos el canal de 26 millas que nos separa de Sta. Lucía. A partir de Martinique nuestra navegación va a ser placentera y satisfactoria, ya que la cadena de las Windward Islands se extiende hacia el Sudoeste. En esta época del año los alisios soplan usualmente del sudeste (entre 100 y 120 grados), así que el Heritage I navega entre 6 y 8 nudos con el viento del través.
Tras una estable navegación de 5 horas pasamos junto a la reconocible Pidgeon Island, que da paso a Rodney Bay , nuestro destino para pasar una noche. Mientras buscamos lugar para fondear en Rodney Bay, empezamos a reconocer barcos de otras etapas del viaje, especialmente de Samaná en la República Dominicana. Y nos encontramos a Mike, un navegante solitario que nos invita a una beach party con el resto de tripulaciones que están en la bahía. Allí conoceremos la red del “Coconut Telegraph”, una red de amigos que viven en el barco navegando por las aguas del Caribe, algunos son circunnavegantes también. Todas las mañanas a las 8 am, en el canal 4060 del SSB (BLU), van haciendo el “check-in” para así saber donde anda cada uno. La fiesta de la playa – con guitarras incluidas - es un reencuentro con muchos de ellos que habíamos conocido en etapas anteriores.
Santa Lucía lleva 50 años de independencia de Gran Bretaña. De historia similar a Martinique, pasó de manos entre ingleses y franceses hasta 1814 cuando definitivamente quedó bajo la corona británica. Antigua explotación esclavista hoy vive del turismo y tiene un ambiente “rasta” entre la población joven. Son muy relajados y amigables con el turista, y no pierden la esperanza a la hora de vender cuando se nos acercan con sus coloridas embarcaciones, bautizadas con nombres que reflejan la vida relajada de estas gentes: Take it easy, Don't worry, Things to talk, Respect..
Seguimos hacia el sur, por la costa caribeña de Santa Lucía hasta Marigot Bay, una pequeña bahía, estrecha y que se adentra en las montañas. Un lugar de increíble belleza, que ha sido elegido por el hotel Discovery y por la empresa Moorings para hacer su base. En la antaño salvaje zona han construido hoy en día un village de lujo, pero la preciosa bahía sigue siendo muy apacible.
Tras tres horas de navegación hacia el sur llegamos por fin a la zona más mágica de Sta. Lucía, a los Pitons. Son dos enormes y volcánicas montañas: le Gros Piton y le Petit Piton – adyacentes, y que se han convertido en el icono de la isla. Son el emblema de la bandera y aparecen en todo lugar, empezando por la refrescante cerveza local, llamada Piton.
La zona es una reserva marina, y no está permitido fondear. Nosotros nos amarramos a una boya en la ensenada que se dibuja justamente entre las dos enormes montañas, dejando atrás la ciudad de Soufrieres . Se trata de una bahía realmente espectacular, nos mecemos entre dos enormes laderas que se hunden verticalmente en el mar azul repleto de abundante vida submarina. Allí sale a recibirnos Captain Bob, maestro de ceremonias de las actividades turísticas locales. Terminamos después de mucho regateo contratando una escalada, un chofer y un bonito. Es temporada baja y hemos negociado bien.
Decidimos escalar el Gros Piton , de alrededor de 1000 metros . Iniciamos el camino en Fons Gens Libre , el valle de la gente libre, un pequeño pueblo confundido con la selva, en el que viven 200 habitantes. Nuestra guía, Marda, es una gacela esbelta y atlética que remonta la empinada subida como si fuera un paseo. Tiene 20 años y la ha subido más de 300 veces. La subida, de 600 metros en vertical, nos lleva unas dos horas y atraviesa selva virgen, en un parque natural. Nos deja exhaustos, y tras una visita a las aguas sulfurosas volcánicas nos volvemos al barco a descansar. Nos hace una visita Captain Bob y le invitamos a un arroz vegetariano al curry.
Por la tarde es imprescindible admirar la puesta de sol desde el Ladera Resort , un restaurante ubicado justo en la cima entre los dos Pitons, con unas vistas espléndidas a los volcanes, al valle y al mar.
Abandonamos este mágico lugar poniendo de nuevo rumbo hacia el sur. Esta vez nos dirigimos a Bequie, la primera de las islas Grenadines, saltándonos la isla de St. Vincent . Aunque aquí se encuentra la capital de estas islas, decidimos no pararnos porque últimamente ha habido varios asaltos a navegantes en sus bahías, especialmente en Chateaubelaire, y nos recomiendan evitarla.
Bequie es una preciosa isla de vegetación algo mediterránea; fondeamos en Admiralty Bay - bahía acogedora repleta de veleros con la intención de sentir las palpitaciones de este recóndito lugar. Lo que más nos impresiona en Bequie son sus gentes: tranquilos, relajados, muy abiertos y comunicativos, simpáticos y con un divertido sentido del humor. Aprovechan la primera oportunidad para darte palmaditas en la espalda o un abrazo.
Esta es una población ballenera , donde se solía antaño pescar ballenas. Hoy en día se les sigue permitiendo pescar una cuota de 2 ballenas al año, que siguen pescando de manera tradicional: con unos veleros de 20 pies especialmente diseñados para la pesca y arponeándolas a mano. Una tradición que ha pasado de generación en generación desde hace siglos. La famosa novela de “ Moby Dick” se inspiró en el marco de estas islas.
Hay en la costa norte de Bequie un centro de recuperación de tortugas loras y verdes . Tienen más de 50 tortugas, las crían hasta que tienen cinco años y las devuelven luego a la naturaleza. Así les garantizan la supervivencia, protegiéndolas de pescadores y locales. 20 años más tarde las tortugas estarán preparadas para poner huevos y garantizar su existencia.
Enseguida nos absorbe el ritmo de vida, la actividad preferida es el “liming” - es decir, estar en un lugar sombreado charlando con los amigos, dejando pasar el tiempo. No hacer nada, sentir pasar la vida. Sabemos que nos podríamos pasar aquí una buena temporada, pero nuestra ruta continúa.
Desde Bequie a Mayreau tenemos unas 15 millas por proa, de nuevo navegando de través con los alisios. Estamos ya entrando en época de huracanes, y no dejan de pasar ondas tropicales que nacen en las costas de África. Pero el agua aún no es suficientemente caliente, por ello las condiciones no son óptimas para que se conviertan en tormentas tropicales o huracanes. De tanto en tanto un chubasco o tormenta con sus negras nubes descarga encima nuestro. Se trata únicamente de rizar las velas a tiempo y cerrar todas las escotillas. Este ejercicio de cerrar escotillas lo vamos a tener que repetir a partir de ahora cada noche un par de veces, ya que durante la noche las borrascas no nos permiten dormir tranquilamente de un tirón.
Mayreau es la más pequeña de las Grenadinas habitadas, con sólo 300 habitantes permanentes. El fondeo más espectacular en la isla es su cerrada y protegida bahía al norte, Saltwhistle Bay . Una larga playa blanca, muchas palmeras, una fresca brisa marina, un buen restaurante en la playa… y no hay vendedores ambulantes. Solamente dos millas separan esta bahía de los Tobago Cays.
Estos pequeños y deshabitados cayos son quizás el lugar más popular en el Caribe para charteristas o cruceristas, y se encuentran en el arco de islas volcánicas de las Windward Islands. Lo peculiar de estas islitas es que están rodeadas por unas grandes barreras de arrecifes y corales, llamándose la primera Horseshoe Reef y la segunda End World Reef . Estas barreras permiten que a sotavento de ellas se extienda una zona de aguas muy poco profundas y tranquilas, una especie de lago turquesa dentro del mar.
Recomendamos especialmente el fondeo al sur de la isla de Baradal, un fondeo espectacular por tener la proa del velero indicando hacia mar abierto, con el gran Atlántico frente a nosotros y viendo como las olas que se acercan desde la lejana África rompen ruidosas contra los arrecifes. Es un lugar bello y tranquilo, con preciosas y blancas playas, y sobre todo - y por tratarse de un Parque Nacional protegido - con una vida submarina muy poco común.
Solo saltar desde nuestro Heritage I a las claras aguas, vemos como debajo de nuestro casco vuelan dos espectaculares mantas: una águila moteada y una manta raya. El snorkel en los arrecifes de coral es espectacular; el mejor buceo desde que estamos de viaje. Cientos y cientos de peces de todos los colores y formas se alimentan de las extraordinarias formaciones de coral. De repente, nadando decidido entre los arrecifes, vemos a un tiburón buscando a su presa para devorar. Una manada de grandes peces azules se balancea de un lado a otro con el vaivén del mar, a veces creando círculos perfectos bailando una extraña danza. Es una maravilla!
La zona está también llena de nuestras amigas las tortugas . No tienen miedo, y podemos nadar con ellas, acariciar sus estampados caparazones y observar mientras comen césped a pocos metros de profundidad. Si no fuera porque definitivamente son demasiado grandes, habríamos ya hecho espacio a bordo para una de ellas 
“Free Willy” viene con su barquita multicolor a vendernos unas camisetas - las letras lo resumen todo: “ SAIL MORE, WORK LESS ” - y se queda con nosotros a charlar un buen rato. Desde luego, uno no quisiera tener que marcharse de este pequeño trocito del Caribe. ¡Seguramente las aguas más tranquilas y paradisíacas que hemos visto aquí!
Continuamos con rumbo suroeste hacia Union Island , una isla muy montañosa comparada a menudo con Tahiti. El Pinnacle, el pico más alto de la isla, es un lugar ideal para divisar todo el Mar Caribe y Mar Atlántico desde St. Vincent a Grenada. El fondeo delante de la pequeña y tranquila ciudad de Clifton es un lugar muy bien protegido por una barrera de arrecifes. Variados y buenos restaurantes salpican la bahía. Desde Clifton vale la pena hacer una excursión de un día con el barco a Palm Island, a 1 milla al este. Esta pequeña islita está rodeada por cinco preciosas y blancas playas, y es un paraíso para observadores de pájaros. Coconut Johnny – uno de los navegantes más famosos del Caribe por haber plantado miles y miles de cocos en sus islas – abrió en los años 70 conjuntamente con su esposa un precioso hotel en esta isla, rodeado de cientos de palmeras plantadas por él.
Dejando las islas de Petit Martinique y Petit St. Vincent por babor, entramos ya en la nación independiente de Grenada . El puerto de entrada es Hillsborough, en la tranquila isla de Carriacou . Decidimos fondear en una pequeña bahía más al sur, en Tyrrel Bay, y de camino hacia allí paramos a desayunar en la minúscula isla de Sandy Island, una islita rodeada de playas blancas y mucha arena. Tyrell Bay resulta ser una bahía muy cerrada, utilizada como “hurricane hole” por sus espesos manglares al norte. Un buen varadero y varios agradables restaurantes en la playa hacen de éste el lugar escogido por muchos veleros para pasar unos días. Se respira aquí un aire de relajación y tranquilidad, y un bar flotante en la bahía llamado “Angels Rest” es punto de reunión para los navegantes, tomar unas cervezas admirando las rojizas puestas de sol.
La isla de Grenada - 30 millas al sur de Carriacou - va a ser la última de las Windward Islands por visitar antes de partir hacia Venezuela. Fondeamos en la bahía de St. Georges , colorida ciudad y capital de esta frondosa isla, que en 2004 sufrió grandes daños en sus edificios y vegetación a causa del huracán Iván. Como la mayoría de las islas del Caribe, Grenada es volcánica en sus orígenes, y hasta hoy en día los navegantes deberían navegar alejados de Kick ‘en Jenny, un volcán subacuático que se encuentra al nord/nordoeste de la isla entre Carriacou y Grenada y al oeste de la isla de Ronde.
Grenada es conocida como la “Isla de las Especies” y efectivamente tiene más especies por milla cuadrada que ningún otro país.. Nuez moscada, canela, vainilla, clavos, jengibre, además de cacao y bananas. Es el segundo país del mundo después de India en la producción de la nuez moscada.
Recomendamos fondear delante de Martin's Bay justo antes de entrar en el puerto de St. Georges. Hay demasiados barcos dentro de la pequeña laguna, y las corrientes y el viento hacen del fondeo un lugar poco seguro. Con el dinghi y en pocos minutos se puede entrar hasta el Carenage , una bahía en el centro de la ciudad, donde amarramos el tender directamente delante del supermercado o del restaurante “ Nutmeg”, con la comida más criolla del lugar. Una excursión al colorido mercado con sus amables y alegres gentes es imprescindible, como también lo es coger el autobús hasta Grenville, en la costa este de la isla.
El Heritage I continúa su singladura a Venezuela, donde tenemos pensado recorrer sus islas y costas durante los próximos dos meses.
REPUBLICA DOMINICANA Y EL CANAL DE MONA
El Gran Azul continúa su travesía. Nuestro viaje nos lleva esta vez a conocer ampliamente la República Dominicana . Familia y amigos han venido a bordo unos días a compartir con nosotros algunos rincones de este fantástico país.
Luperón – una bahía tranquila en la costa norte – fue nuestro puerto de entrada. Decidimos dejar la comunidad americana de veleros que allí se congrega para costear la isla en dirección a Samaná , una enorme bahía que se encuentra al este.
La navegación por la costa norte resulta complicada, ya que siguen soplando aquí los alisios y todo movimiento hacia el este trae consigo mucho viento y oleaje de proa. Tras dos días de travesía decidimos descansar en una bahía llamada “El Valle” y esperar allí a que caiga la noche. Es justamente durante las noches cuando es recomendable navegar ya que a causa de los terrales disminuyen considerablemente los alisios, y la navegación resulta más sencilla. Esta bahía se convertirá en uno de nuestros lugares preferidos en la península de Samaná: una bahía rodeada de montañas frondosas y deshabitadas, al fondo una playa blanca repleta de palmeras, y unas pocas casitas de pescadores. Pero ahora mismo el oleaje que viene del norte imposibilita nuestro descanso, el movimiento del barco anclado es vertiginoso. Las olas chocan con fuerza contra los acantilados. Decidimos salir de este infernal vaivén, pero al conectar el motor un silbido agudo nos avisa de que algo anda mal con el motor: no funciona el sistema de refrigeración y el motor se sobrecalienta al encenderlo. Tan cerca de las rocas, en este incomodo fondeo y sin motor no es precisamente una situación muy relajada. Es aquí cuando se aprecia realmente el consejo de un amigo: “Lleven siempre recambios para el raw water impeller!” Lo sustituimos y conseguimos así ya de noche finalmente salir de esta “coctelera”. Bordeando la costa nos dirigimos hacia el Cabo Cabrón. Las olas de proa sobrepasan los 3 metros , y con tanto viento y corriente en contra a duras penas avanzamos a uno o dos nudos. El Cabo Cabrón da razón a su nombre: no parece querer desaparecer nunca de nuestra vista.
Pero el esfuerzo vale la pena: de madrugada llegamos a Sta. Barbara de Samaná, un pequeño pueblo esparcido en la montaña, que se convertirá en nuestra base durante las próximas semanas. Se trata de un lugar idóneo desde el cual conocer este país, sus gentes y su cultura. Samaná además se convierte cada primer trimestre del año en punto de partida para uno de los espectáculos más grandes que puede ofrecer la naturaleza: La llegada de cientos de ballenas jorobadas , que eligen las cálidas y apacibles aguas de su bahía para reproducirse. Se calcula que el 80% de los rorcuales del mundo se aparean y crían frente a las costas de Samaná. El método que los machos utilizan para atraer a las hembras, consiste en elevar al aire sus cuerpos de 40 toneladas, para luego caer al agua salpicando mares de espuma. Dicen que ellas también son capaces de hacerlo, pero lo evitan para no herir el frágil ego de los machos.
Salimos un día en la yola (barca) de un pescador a ver las ballenas. Y empieza el espectáculo: justo delante nuestro dos ballenas jorobadas elevan sus cuerpos con una increíble fuerza por encima del mar, con una torsión lateral que nos permite ver sus enormes y blancos estómagos. Esa misma aplastante fuerza y la gravedad permiten que se sumerjan de nuevo en el agua estrepitosamente. Estas imágenes van a quedar profundamente grabadas en nuestras memorias; pocas veces la naturaleza muestra unas imágenes tan impactantes como estas.
Disfrutamos especialmente con la travesía del Gran Azul al Parque Nacional de Los Haitises , a unas 20 millas al sur, al otro lado de la gran bahía de Samaná. La navegación aquí es tranquila por no haber oleaje, y en pocas horas nos adentramos en estos maravillosos parajes. Kilómetro y kilómetros de manglares, palmeras, playas completamente deshabitadas y los cayos de los pájaros. En los cayos anidan cientos de pájaros: fragatas, pelícanos, halcones.. Nuestro Heritage I fondea solitario rodeado de tanta frondosidad, la tranquilidad absoluta solamente se ve interrumpida alguna vez por la visita de los pescadores de la zona en sus barcazas, siempre cargados de gambas - aquí llamados camarones - o pescado. El festín está garantizado.
Con el dinghi aquí uno se puede adentrar en los manglares : angostos ríos que se van perdiendo tierra adentro, rodeados de estos multiramificados árboles, que crecen en aguas pantanosas, adaptados para vivir en aguas dulces y saladas. El silencio – interrumpido por los graznidos de los pájaros – es sepulcral, la belleza arrebatadora.
Es en esta zona donde se recluyeron muchos de los Tainos – los indios autóctonos de Samaná - antes de que fueran exterminados en la época de la conquista de América. Prueba de ello son las enormes cuevas de piedra caliza que hay en la zona, decoradas con estatuas y pictogramas de hace más de 500 años.
Desde Samaná se pueden visitar las increíbles playas del norte: El Rincón, Las Galeras, La Playita, .. Todas ellas vírgenes y preciosas: largas playas blancas rodeadas de palmeras y de aguas turquesas. El Valle - nuestra preferida – impacta por su naturaleza salvaje. Allí el mar es especialmente bravío, y sus pescadores salen a faenar surfeando las enormes olas, extrayendo de las redes siempre fresco pescado, que acabamos comiendo en la playa.
Aquí la mayoría de terrenos están en venta, muchos ya vendidos a grandes promotoras americanas o a simples famosos (entre ellos a Julio Iglesias, Felipe González, Shakira, etc.) y se habla de que dentro de un par de años todas estas playas solitarias estarán explotadas y edificadas con lujosos hoteles y resorts. Así que todavía estáis a tiempo de venir a disfrutarlas!
Nos sorprenden algunas de las costumbres de este país, entre brutales y arraigadas, llenas de pavor humano y ferviente locura. Visitamos una gallera para ver una pelea de gallos. Todo lleno de hombres sudorosos haciendo apuestas en un pequeño “ring”, los gallos preparados para el ataque provistos de garfios enormes atados a sus patas. Son 15 minutos interminables. Las bestias atacan sin darse un respiro, y “el blanco” – el ganador – con sus garras y pico acaba por herir mortalmente a su contrincante, bañado en sangre. Los espectadores excitados hacen apuestas y gritan incansables animando a los bravíos gallos a despedazarse mutuamente.
Una noche, fondeados en la bahía de Sta. Bárbara, oigo un grito de Jordi que me arranca del profundo sueño: “Nos han robado el dinghi!!!”. Incrédulos observamos el resto de cabo cortado que cuelga de nuestra popa, no hay rastro de nuestro pequeño fueraborda. Intentamos conciliar el sueño, aunque negros pensamientos nos invaden: sin dinghi estamos presos a bordo, sin posibilidad de bajar a tierra! Por la mañana, oteando el horizonte con los prismáticos, vemos a lo lejos una pequeña embarcación que golpea mecida por las olas contra la playa, nuestro dinghi!! Pero se han llevado el motor, el tanque de gasolina y nuestros zapatos.
Imprescindible tomar nota para el futuro: no bajar nunca la guardia ni confiarse. Se recomienda atar siempre el dinghi incluyendo el motor fueraborda con una cadena, tanto por la noche al barco como durante el día al muelle.
Más tarde nos enteramos de que los motores fueraborda en esta zona son especialmente atractivos para los habitantes de Samaná; los utilizan una vez montados en sus yolas para salir a pescar o bien para dirigirse rumbo a Puerto Rico, el vecino más rico.
Llega la hora de partir, y empieza nuestra travesía hacia Puerto Rico, pasando por el Canal de Mona .
Los dominicanos temen este Canal por haberse llevado ya varias vidas. Son muchas las personas que han intentado huir en barca por el canal rumbo a Puerto Rico. Algunos consiguieron llegar y viven allí en comunidades en un estilo de vida más americano, otros nunca llegaron.
El canal también es temido por los navegantes, por la intensidad de los alisios, la corriente ecuatorial que va hacia el oeste, y el oleaje de un periodo muy corto. Para cruzarlo en velero se recomienda esperar un frente frío que venga del noroeste para que debilite la fuerza de los alisios y disminuya la altura del oleaje. A falta de buenas condiciones climáticas, la mejor estrategia es la de ir bordeando la costa dominicana hasta Punta Cana, de allí navegar hasta la Isla Mona y luego al extremos sudoeste de Puerto Rico, siempre aprovechando las noches para avanzar.
De esta manera recorreremos toda la costa sur puertorriqueña, navegando de noche para aprovechar los vientos más calmados, y descubriendo durante el día las bahías y sus gentes.
Cristina & Jordi
Revista Náutica Skipper
Junio 2008
Travesía de Bahamas a Republica Dominicana
"Un camino sin espinas" – eso es lo que nos promete
la guía náutica "Passages South" de Bruce
Van Sant – guía por excelencia que describe la ruta
desde Bahamas hasta el Caribe. En realidad no es una travesía
demasiado larga – unas 800 millas -son las que separan las
Bahamas de República Dominicana - nuestro primer objetivo
- pero si muy dura si tenemos en cuenta que la ruta nos lleva hacia
el sudeste, dirección desde la que soplan incansables
los vientos alisios. Mucho viento y mucha ola de proa si no se
tienen las necesarias precauciones. Más que nunca es importante
aquí fijarse en los partes meteorológicos y estudiar
detenidamente la ruta a seguir. Para poder empezar a navegar,
tenemos que esperar a que las condiciones meteorológicas
sean las apropiadas, condiciones aquí llamadas "weather
windows": un frente frío que viene del noroeste – normalmente
de EE.UU. - y que provoca que los alisios se vean interrumpidos
y que durante un periodo de uno o dos días se puedan aprovechar
vientos del norte y noroeste para así poder avanzar. Estos
frentes a principios de invierno son más frecuentes (al
menos uno por semana), a partir del mes de abril son mucho más
escasos, por lo que esta travesía se hace menos transitable.
La ruta de Nassau hasta el sur de las Exumas permite la navegación
por sotavento de las islas, garantizando una navegación
en aguas más tranquilas.
El nombre de Bahamas proviene originariamente de "baja mar",
nombre con el que los navegantes españoles que acompañaban
a Colón en su viaje hacia América bautizaron estas
700 islas rodeadas de un mar muy poco profundo. Fue en estas
islas donde los bucaneros y piratas más conocidos apoyados
por el gobierno británico - abordaban las fragatas españolas
que se quedaban embarrancadas en sus fondos y hacerse así con
su botín. Las flotas españolas decidieron por ello
evitar aguas tan peligrosas, y siguieron su rumbo hacia el sur.
Es justamente en esta bajamar donde radica la increíble
belleza de las Exumas – el primer grupo de islas que visitamos
- , convirtiendo el mar en una tranquila y plana plataforma de
vivos turquesas y transparentes azules. Es aquí necesario
practicar el "eyeball navigation", es decir, tener siempre
un guía en la proa del barco que – provisto de unas
buenas gafas de sol polarizadas – vaya reconociendo los distintos
colores indicadores de las profundidades para impedir que el barco
embarranque. Estas oscilan entre 1,5 y 7 metros. En más
de una ocasión el "eyeball navigation" se ha convertido
en "stressfull navigation" recorriendo durante varias
millas zonas con menos de medio metro de agua bajo la quilla. ¡¡Una
travesía a prueba de nervios!!
Pero el esfuerzo se ve pronto recompensado: las islas Exumas están
en su mayoría deshabitadas. En algunas sólo nos vienen
a saludar a la playa docenas de iguanas, que al desembarcar con
el dinghi se acercan a nosotros en busca de comida. Estos prehistóricos
y ancestros animales nos observan impasibles con sus negros ojos,
entre sorprendidos y anhelantes. Las blancas playas están
llenas de conch, una enorme caracola que una vez extraída
de su concha se añade a las ensaladas y a las sopas, y que
son la base del ingreso para muchas familias de las Bahamas. También
los fondos marinos nos sorprenden con una inusual abundancia. Aquí no
son necesarios los equipos de buceo, ya que la poca profundidad
nos permite utilizar sólo las gafas y el tubo para admirar
los arrecifes y bancos de coral. Y pronto nos damos cuenta de que
el mar está plagado de enormes langostas, que con el "jamaican
sling" – una especie de lanza a tres púas – son
muy fáciles de cazar. Las cenas a bordo se convierten pronto
en un verdadero festín: langosta al grill, ceviche de langosta,
calderetas, arroces de pescado. Ir con Jordi a pescar es como
ir al mercado: dependiendo de las apetencias, saldrá con
un mero, un sardo, una langosta o un pulpo pinchado en la lanza.
Más suculentos manjares que añadir a la larga lista.
También la pesca al curri es aquí muy fructuosa
y los lugareños son muy aficionados. Se pesca el mahi mahi,
el waku y el atún. Es recomendable pasearse por los pequeños
puertos de las islas, donde al limpiar el pescado, los restos van
a parar directamente a las fauces de los muchos tiburones nodriza
que se pasean por debajo de los pantalanes. Nos impresiona especialmente
Mayaguana, una pequeña isla rodeada de corales. Se puede
acceder al pueblo por una bahía que queda resguardada al
este por un gran arrecife de coral. Solamente unas pocas casas
componen el poblado, pero – como está sucediendo en
varias islas – se planea realizar una inversión de
50 millones de dólares en construir un aeropuerto y urbanizar
el norte de la isla, para que los americanos compren allí su
segunda vivienda. Pero eso es todavía el futuro: hoy en
día circulan por los caminos de tierra solo 70 coches, y
la gente vive en su mayoría de la pesca. Cada domingo llega
a la isla un barco cargado de víveres y provisiones para
los isleños, que ellos mismos compran en Nassau cuando van
hacia allá. Fuimos a recibir al barco – toda una fiesta
para el pueblo – pero este no llevaba container, y toda la
mercancía llegó mojada y maltrecha.
Ya solo a 100 millas de R.D. es recomendable atravesar los bancos
de Turcs & Caicos, para aprovechar la protección de
las islas e ir avanzando hacia el Sudeste. El cambio es drástico,
ya que aquí las islas tienen infraestructuras y disponen
de marinas y resorts de lujo. Una vez en el sur de las islas, nos
encontramos con un incomparable espectáculo: las ballenas
que bajan del Norte en su camino a la bahía de Samaná en
República Dominicana para reproducirse pasan por estas aguas.
Vemos a docenas de ballenas acompañándonos, chorros
de agua por doquier, y lo nunca antes visto: una enorme ballena
jorobada salta y por unos momentos su cuerpo se queda suspendido
en el aire. Con una aplastante fuerza cae luego hundiéndose
en el mar.
Finalmente, después de tres semanas de navegación
y 800 millas por popa, llegamos a Hispaniola.
De la exuberancia acuática de las Bahamas, de la increible
paz y tranquilidad de las Exumas con sus interminables playas blancas
y de las turquesas aguas de Turcs & Caicos llegamos a la frondosa
y montañosa vegetación de la República Domincana,
isla que se llergue ante nosotros. Nuestro puerto de entrada es
la protegida había de Luperón, en el Norte de la
isla, una bahía que se utiliza por los veleristas como "hurricane
hole" – el lugar mas protegido contra huracanes de la
isla.
Cual es nuestra sorpresa al encontrarnos aqui con 100 veleros
fondeados: hemos llegado a la comunidad de navegantes de Luperón.
A causa de un malentedido en las explicaciones embarrancamos a
la entrada. Inmediatamente una flota de neumáticas se acerca
para empujarnos fuera del lodo.
Aquí tienen un canal de radio propio, y el intercambio
de información es constante. Por el canal VHF 68 Janett
emite los domingos un programa de radio para todos los barcos allí fondeados.
Se organiza luego un mercadillo en la Marina Puerto Blanco, donde
no solamente se intercambian objetos y se venden los cachivaches
náuticos que no tienen uso. También se organiza una
barbacoa para toda la comunidad; es allí donde conocemos
a verdaderos personajes: A Mac - que buscando un sitio donde pasar
la temporada de huracanes hace 8 anos, y desde entonces esta aqui
fondeado; a Pedro, que hace 17 años partió con su
esposa de Argentina en un velero de 30 pies desprovisto de motor
y aun esta navegando por el Caribe. Todo el mundo se conoce aquí y
es fácil dejar el barco sólo unos meses sin peligro,
los vecinos velan por la seguridad de la bahía.
Nosotros seguimos nuestra ruta hacia Samana, el santuario de las
ballenas, disfrutando de la belleza de este país. Seguiremos
informando y os esperamos a bordo para nuevas aventuras....
Cristina & Jordi
Revista Náutica Skipper
Abril 2008
December 2007
Ya hace varias semanas que la buena vida y la tranquilidad
de las Exumas (Bahamas) nos tienen aquí aislados
y desconectados. Como teníamos previsto, el Gran Azul
zarpa el 1 de diciembre del 2007 de Fort Lauderdale, después
de un generoso y completo aprovisionamiento del barco. No nos
falta de nada, ya que sabemos que lo que no consigamos ubicar
en nuestro velero ahora nos costará el doble de caro en
las islas que tenemos por proa. El barco tiene sentinas y tambuchos
rebosando de víveres, latas y botellas, pero vemos con
asombro que la capacidad de almacenaje es infinito en este barco,
que lo que tiene sobre todo es espacio y amplitud.
En Nassau recogemos a Natalia y Michel – nuestros primeros charteristas
y ganadores del sorteo de la fiesta del Gran Azul – acompañados
por David, que viene a disfrutar de unos primeros días de contacto con
nuestro Bruce Roberts. Navegamos por entre las islas de la zona, y fondeamos
varios días al lado de una blanca y solitaria playa en Rose Island. Una
cosa ha quedado clara desde el principio:¡¡en este barco nos vamos
a poner las botas!! Ya en el puerto de Nassau compramos langostas y pescado,
y con la puesta del sol empieza el ritual culinario: preparar las langostas en
la barbacoa y utilizar las cabezas para – al día siguiente – comernos
un arroz de pescado incomparable. Todo gracias a nuestro capitán,
prodigio culinario a bordo del Gran Azul.
Hacemos en Rose Island nuestra
primera inmersión desde el barco, y la
plataforma del dinghi de popa resulta ser una perfecta estructura
para ubicar los equipos y las botellas de aire. Este mar Atlántico
está plagado
de peces, y en realidad son suficientes unas gafas y un tubo
para admirar sus fondos coralinos y su diversidad animal. Además
de encontrarnos con mantas rayas, peces loro, meros y muchos
otros peces.. allí están las
langostas que vimos en el mercado, escondidas entre las rocas.
Así que
la langosta se está convirtiendo poco a poco en una base
alimentaria cotidiana, que Jordi pesca con facilidad.
Desembarcados
a nuestros primeros invitados, seguimos rumbo hacia el Sur: las
Exumas. El nombre de Bahamas proviene originalmente de “bajamar”,
y es por ello necesario aquí practicar el “eyeball
navigation”,
es decir, siempre un guía en la perturberante proa del
Bruce Roberts que vaya reconociendo los distintos colores indicadores
de las profundidades para impedir que el barco embarranque. Estas
oscilan entre 2 y 7 metros, así que
la concentración de timonel y proel es decisiva. Después
de un día de navegación recorriendo 40 millas,
llegamos a Allen Cay. Se trata de un pequeño paraíso,
estamos rodeados de planas islas alargadas, fondeamos entre dos
de ellas y no hay nadie a la vista. Exceptuando las cientos de
iguanas que nos esperan en la playa, y que al desembarcar con
el dinghi se acercan a nosotros en busca de comida. Estos prehistóricos
y ancestros animales nos observan impasibles con sus negros ojos,
entre sorprendidos y anhelantes. Y es aquí donde
empieza la lucha por la caza del mero. David y Jordi bucean incansables
con una “jamaican sling” para
pescar al escurridizo mero que parece esconderse bajo una enorme
roca. Después
de varias horas de perserverancia, finalmente David llega victorioso
al barco, clavado en su lanza un hermoso señor pescado.
Este mero acabará cocido
al horno con patatas, otro suculento manjar que añadir
a la larga lista.
Desde estas 700 islas – de las que solamente
visitaremos una pequeña
cantidad en nuestra travesía a República Dominicana - ¡¡os
deseamos Feliz Navidad a todos!!
Revista Club Náutico Vilanova
Febrero 2008
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